Felipe VI pronunció el mejor discurso navideño de su reinado o, por lo menos, el más pertinente. El llamamiento a la concordia y a la necesidad de preservar la convivencia arriba justo cuando los extremos políticos están tratando de minar el sistema en una espiral creciente que se retroalimenta. Claro está, el rey aludió de este modo a la legitimación que la Transición otorgó al sistema del 78.
La Segunda Restauración borbónica, la iniciada con Juan Carlos I, se sustenta en el bipartidismo. Dos grandes siglas, una de centroizquierda y otra de centroderecha, que se alternan pacíficamente y de manera periódica en el poder. Nadie queda contento, pero todos se aseguran que al bascular a un lado u otro el que gobierne en La Moncloa, no se alejará del centro. Tiene sus ventajas y desventajas, como también acontece con el multipartidismo, pero (en última instancia) asegura la gobernanza centrípeta.
Los populismos han asomado amén de la crisis económica, los recortes y la ausencia de expectativas intergeneracionales. Por primera vez en mucho tiempo, los hijos saben que (en términos generales) vivirán peor que sus padres. Se ha roto la tónica imperante en Europa desde después de la Segunda Guerra Mundial. Esto estuvo implícito en el mejor discurso de Felipe VI.
Así pues, si aspiras a una mayoría social que compre el relato socialdemócrata o el democratacristiano, tienes que tener clases medias. Sin clases medias, no hay nada que hacer. La legitimidad se merma a marchas forzadas. Es lo que ocurre en España desde hace poco más de una década; teniendo su pistoletazo de salida en el 15M.
El sectarismo, el odio y la ausencia de reflexión ponen en bandeja la deconstrucción del sistema del 78. Y en esas estamos, especialmente tras la pandemia y el acelerón digital que ha provocado una crisis de los vehículos clásicos de intermediación. Se puede apostar por derribar la actual arquitectura constitucional, mas nadie se llame a engaño: ¿y después qué viene? ¿Y luego quién garantiza que la mayoría social se sienta razonablemente representada? De nada vale que tus principios ganen del todo si no hay una conexión coral democrática. Por eso renunciar, con frecuencia, es ganar porque así garantizas que tu adversario igualmente ceda.
Ha sido, por tanto, el mejor discurso de Felipe VI, o cuando menos uno de los mejores. Urge recomponer la estabilidad política: mensaje que subyació en el mejor discurso del monarca. Nadie sabe cómo hacerlo ahora. Eso sí, agitar los extremos es garantía de fracasos colectivos sobrevenidos. El orden y la paz social son pilares esenciales a salvaguardar; sin ellos no hay democracia.










