Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

El desencanto en 2026

El desencanto en 2026

En estos días en los que se acumulan los 45 años del 23F, la valoración sobre la Transición con la mirada de hoy, la muerte del periodista Gregorio Morán (un lúcido y penetrante cronista de aquel periodo), la amenaza actual de la ultraderecha y tantos otros menesteres parejos, en el fondo lo que más produce zozobra es el desencanto en 2026, la desilusión con la que se vive la política por los que no son protagonistas ni están en las primeras filas.

A diferencia de entonces, aunque fuese inmersos en el miedo o el engaño fruto del hambre de creer, concurría una ilusión incipiente. La legalización, los primeros mítines, la cartelería de las siglas en las esquinas y farolas de las ciudades… El ver una urna. Una sana expectativa que después derivaría en el desencanto ochentero, en la decepción de saber que la realidad tiene mucho de rutina y poco de aventura. Que el orden también es un factor a preservar. Que no había un Mayo del 68 permanente pero sí la convicción de que durante la madrugada los ‘grises’ no tocarían en la puerta de tu casa para detenerte y propinarte una paliza en comisaría.

Sin embargo, lo peor que tiene el desencanto en 2026 no es la rutina (bendita rutina) ni la melancolía de la normalización, sino la desaparición efectiva del debate e ideas en los partidos políticos, tornados en empresas y enfrascados en la lucha diaria por mantener este puesto o el otro en la listas electorales. Y eso aleja a la ciudadanía, crece la desafección y da alas a la extrema derecha para dinamitar la democracia.

La fotografía que deja el desencanto en 2026 es tenebrosa. Representantes públicos, los que sea, alcaldes o directores generales, que si tienen que ser tránsfugas, pues se hacen tránsfugas, y si tienen que vender a la madre para seguir pululando por la política institucional y sobrevivir, la venden sin remilgos. Lo que se tercie con tal de estirar el chicle en medio de la contracción de posibles: cada vez más partidos afloran, cada vez más competencia para este elenco de actores de la impostura. Políticos abonados a escupir los argumentarios de sus centrales con tal de seguir petrificados en la institucionalidad, aunque ahonde el desencanto en 2026.

El desencanto en 2026 no puede ser eterno. Algún día esta tormenta de fantasmas políticos, vividores de la confianza de terceros, ya opacados por la tristeza democrática, decaerá sin más en la medida que la realidad (áspera y adversa) se impondrá para el común de los mortales. Entonces, antes o después, la política (la auténtica) retornará con pujanza, con esa fuerza que tan solo brinda la ilusión, para desbancar a los teleñecos que se han adueñado de los partidos (de estos partidos) y la política (de esta política). Más nos vale.