Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

El banco

El banco

Antes o después, todos acabaremos por sentarnos en el banco como gesto cotidiano. La vida no se diferencia, al final, entre izquierdas o derechas sino entre ser buena gente o guiarte por la maldad, por la proterva maldad. No digo que las ideologías no tengan su importancia, que la tiene, como código que resume valores a los que aspiramos, pero siempre estará por encima la condición humana. Y a Dios gracias.

Y es en el banco, con el reposo sobrevenido al sentarnos, donde se testea si vamos bien o mal. La mayoría solo empieza a sentarse en el banco del parque cuando asoma la jubilación y las mañanas dan para mucho. Hay que matar el tiempo. Conviene ir al parque mucho antes, con veinte o treinta años, y sentarse. Si logras estar un tiempo prolongado mientras observas a tu alrededor y te detienes en los detalles de la vida, es que tu conciencia está tranquila y puedes vivir acorde contigo mismo y los demás. Por el contrario, si no aguantas es porque la conciencia te lo impide, brincas y el cuerpo te lleva a caminar hacia otro lado. Una estampida.

Es en el reposo, en la calma, donde irrumpe el certificado de conducta. Malo será por aquellos que mueran sin previamente haber atravesado el parque. Es como morir sin haber asumido antes que todos morimos.

Y es ahí donde entra la disyuntiva que nos zarandea: en el último instante, al tomar una decisión (la que sea) asoma el ser buena o mala gente, y no la ideología. Y esto vale por el cuñado pesado que dispara en la sobremesa, el superior de la oficina abonado a las mezquindades, el vecino amargado que de cuando en cuando da la murga… Son las estampas usuales con las que lidiamos y que rezuman el ser o no ser en la vida.

Pesa más la bondad o la maldad que la ideología de turno. Hay canallas en todos lados. Es más, con frecuencia son justo los que apelan a la presunta pureza de su ideología los que luego hacen la vida imposible al resto, y de paso a sí mismos. El sectarismo es mala receta para transitar en sociedad. Es peligroso. Por eso la prueba discreta en el banco tendría que practicarse. Solo así se despejan incógnitas. Eso sí, si has alcanzado el nivel de conciencia suficiente para dirimir la tragedia de la vida. Una tragedia que luce el banco mucho antes de que llegues a sentarte.