Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Asesinato en Atocha

Asesinato en Atocha

El asesinato en Atocha de los abogados laboralistas, organizados en un despacho vinculado a Comisiones Obreras, aunque habría que poner las comisiones obreras en minúscula pues aún el sindicato no estaba legalizado, es uno de los hitos de la Transición. Ayer se cumplieron 49 años: fue el 24 de enero de 1977. El próximo aniversario será el de los 50 años, una conmemoración redonda, otra de las tantas de la Transición que comenzamos a saborear y recordar.

Juan Carlos I se subió a un helicóptero, al parecer manejado por él mismo, estaba formado militarmente, como ahora lo hace su nieta Leonor, porque quería testear desde el cielo la magnitud de la comitiva del entierro. Aquel respeto y seguridad, garantizado solo por el PCE, ya que el Gobierno no podía salvaguardar que no hubiese incidentes y así lo hizo saber, aceleró la legalización del PCE.

Justo lo contrario que buscaban los asesinos, un comando de extrema derecha que pretendía detener el proceso democratizador y favorecer la involución. El asesinato en Atocha fue una salvajada más en medio de días muy turbulentos para el Ejecutivo de Adolfo Suárez. Faltaban meses todavía para que se celebrasen las primeras elecciones generales, serían en junio y con carácter preconstituyente.

El asesinato en Atocha, obra de la extrema derecha, se cobró la vida de Enrique Valdelvira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal. Además, los que resultaron heridos quedaron marcados.

El papel desempeñado por Comisiones Obreras en la Transición y la consolidación de la democracia es capital. Por eso descoloca, y duele, cómo hoy una parte de la izquierda trata de romper o, cuando menos, denigrar el relato de la Transición.

Para comprender cómo se orquestó por la extrema derecha el asesinato en Atocha, y su alcance, conviene ver la película ‘7 días de enero’ (1979), dirigida por Juan Antonio Bardem. El largometraje es impecable al narrar las vicisitudes y dificultades de la Transición, retrata el clima que se respiraba en la calle en España.

Es de justicia que, durante este curso y el próximo, el tiempo que sea preciso, se honre esta memoria colectiva. A fin de cuentas, ese esfuerzo entonces, es el que afianza y legitima nuestra democracia constitucional. Si no se valora lo que tenemos y asumimos cómo se forjó, sobrevendrá el caos a lomos del populismo, los sectarismos y la siempre peligrosa santificación de las ideologías.