Viva nuevas experiencias. Cada uno debería tener su propio Mayo del 68. Si está en Madrid o piensa ir por allí los próximos días, no deje de darse un salto a la Puerta del Sol. La jarana de los debates, las lecturas de Antonio Gramsci, el ‘Ay, Carmela’ guitarra en ristre, las tiendas de campaña, las cervezas compartidas y demás liturgia revolucionaria, no tiene desperdicio. Sobre todo, si lo hace joven, a una edad, cuando toca. Entonces todo es posible. Y crees que en un par de semanas cambias el mundo. El horizonte es claro y prometedor, como el amor. Luego vendrá la hipoteca, las letras del coche y los almuerzos los domingos en casa de tus suegros. Y cuando toquen los postres, y no sepas ya qué decir, al menos podrás rememorar en silencio que tuviste tu recreo ‘sesentayochista’ particular donde los besos y la alegría te hicieron creer que otro mundo es viable. No hay nada más aburguesado que la letanía de un domingo por la tarde. De la protesta a la degradación burguesa solo hay un paso.
Si quieren hacer la revolución, de verdad, dejen la Puerta del Sol y vayan a las fábricas. Hay que ocupar los medios de producción, atacar la infraestructura del sistema económico capitalista, dicho sea en términos marxistas. Allí, junto a los sindicatos de clase, y la ultraactividad de los convenios colectivos, la conciencia obrera asoma mejor y se entiende el valor de las luchas. Lo perro que es negociar para a ver si, con suerte, te elevan un plus en la nómina.
Cada generación tiene su Mayo del 68. La mía lidió con el rechazo a la guerra. José María Aznar se sumó a la aventura imperialista en Irak, pies mediantes encima de la mesa de George W. Bush, y el día que empezó lo bombardeos nos fuimos desde el campus a la Gran Vía a parar el tráfico y acabamos en la Plaza Mayor. Desde luego, Aznar pasó olímpicamente de nosotros. Y lo más que logramos fue que a una pareja de agentes municipales les amargamos la jornada con tanto corte en la circulación. Eso sí, algún que otro helicóptero de la Policía Nacional nos sobrevoló y, digo yo, nos grabaría desde allá arriba mientras les saludábamos desde abajo.
Viva la revolución si es con amor. Pero el de verdad. Hay revoluciones aparentes donde afloran las contradicciones. Y amor que, en realidad, es mero sexo enmascarado de usar y tirar. No hay instrucciones precisas para dirimir lo uno de lo otro. Quizá sirva la verdad. Esta es inalterable, inmutable a la maldad, alumbra todo y acaba por reinar antes o después entre las mentiras atenebradas y las miserias del ego. No lo olviden: lean a Gramsci y sigan besando. Que viva el amor.










