Agaete concitó esta semana la expectación del pueblo canario. Como cada año, fiel a la cita veraniega, el trasiego isleño se congrega en torno al calor y las ramas para invocar la lluvia y que aminore los aprietos del calor. Un ritual aborigen que persiste en el presente y que nos recuerda cómo las cosas más esenciales permanecen intactas a pesar del trascurso del tiempo y el paso de una generación a otra. La misma intensidad del verano atañe a los habitantes actuales como a aquellos anteriores a la conquista castellana y que, a su modo, vivían el hecho religioso para conectarlo con la necesidad meteorológica y agrícola. Pura antropología.
Agaete durante el año, salvo festivos, es la calma de un pueblo costero y pequeño (alrededor de 5.000 habitantes) que, en cambio, cada 4 de agosto sus calles ilustran la fiesta, el pueblo y la alegría. Vamos, lo que representa el verano. La Rama es expresión del pueblo canario, clamor popular y momento de desahogo. Gran Canaria observó a Agaete con la sonrisa de que, estuviesen allí presentes o no, cada uno lo estaba a su manera con la emoción contenida desde la distancia. Los que estaban en la oficina, trabajando o en otros menesteres este pasado martes, también tuvieron un recuerdo o varios durante la jornada sobre lo acontecido en Agaete.
La Rama es nuestra porque es del pueblo, es ese sentir llano, sencillo y sincero que atraviesa la luz del verano. Desde el valle hasta la orilla, desfila la satisfacción y los deseos personales. Esto es, en 2026 esa pretérita ambición de lluvia por parte de los aborígenes torna en una procesión compartida que une y vehicula lo que cada uno siente y aspira. Esa es la grandeza de este día festivo.
Cuando vas en el coche y has pasado Gáldar, enfilas a lo lejos desde la carretera el núcleo culeto y te atrapa ya con la mirada. Especialmente, cuando hace bueno y el sol reina. Es una parte de la isla que permanece recoleta durante el año y como si ostentase siempre seguro de buen clima. Las verbenas y los papagüevos hacen las delicias de todo el pueblo. Y, al final, cuando cada 4 de agosto mengua y despide al sol, asoma una especie de tristeza que solo se suple con la certeza de que al siguiente curso Agaete, otra vez, será lugar de encuentro del pueblo canario. Cada 4 de agosto, Canarias mira (y siente) a Agaete.










