La memoria política corre a velocidad de vértigo, igual o más que la de la vida misma. Hubo una época, hace más de dos décadas, en la que José Luis Rodríguez Zapatero y Sonsoles Espinosa (ZP y Sonsoles) representaban un halo de calma e ilusión de clase media. Entonces Zapatero era el líder de la oposición y, los suyos mismos (ay, Alfonso Guerra), le tildaban de ‘Bambi’ o ‘Sosoman’. Zapatero, encima, reiteraba en la tribuna del Congreso de los Diputados aquello del talante, justo después de prometerle a su partido en el Congreso del verano de 2000 que venció (por la mínima) a José Bono, que el PSOE no estaba tan mal… España iba bien, José María Aznar mediante. La economía iba como un tiro. Y Zapatero, si acaso, se erigía como la alternativa tranquila en caso de que el PP fallase; tal como ocurrió a son de la intervención en la Guerra de Irak, las ínfulas imperiales del ‘aznarismo’ y el desastre de la comunicación de La Moncloa las horas posteriores a los atentados del 11M.
Hoy como ayer había gente de orden. Esas clases medias que más temprano que tarde dejan a un lado (o matizan su importancia) a la ideología y saborean el cortado a media mañana o la siesta del sábado para luego por la tarde irse a dar un paseo. Esos pequeños goces que conforman lo mejor de la vida y que la mayoría solo valora, en realidad, demasiado tarde.
Zapatero era, para entendernos, ese yerno que toda suegra desea para su hija. O como soltó uno la otra noche en una tertulia radiofónica, tenía cara de profesor de religión de instituto. Un hombre de provincias que practicaba la plácida vida de provincias. Un diputado discreto en Madrid durante el largo ‘felipismo’. No había joyas en la caja fuerte.
Los procedimientos judiciales en la Audiencia Nacional tienden a ser viacrucis, sempiternos trances. Para cuando haya acabado el de Zapatero a saber cómo estará la política estatal. Y cuando llegue ese momento, Sonsoles habrá perdido esa discreción que la ha caracterizado. Una discreción suya que la extrapolaba al matrimonio. Y que era aplaudida por todos. La imagen de Zapatero no es la misma ya. El viaje que dista de 2004, año en el que gana (y a la primera) las elecciones generales, y 2026 es enorme. El país se ha despojado de ese colchón de estabilidad y prosperidad que mecía entre los mandatos de Aznar y los discursos de la oposición de aquel desconocido Zapatero. Se han roto sueños corales que se creían imperecederos.










