Madrid fue ayer una fiesta. Desde primera hora, a los recibimientos institucionales le siguió el clamor popular que irrumpe en la capital y que, en breve, hará lo propio en Barcelona, Gran Canaria y Tenerife. Justo llega en un momento política y parlamentariamente convulso, mas enseguida impregna una calma inmensa que despeja la agenda terrenal por una semana para atender cuestiones más transcendentes.
El viaje del papa a España coincide con la reciente publicación de su primera encíclica: ‘Magnifica humanitas’. Un desafió a la inteligencia artificial que casa con las pugnas sociales y la necesidad siempre de preservar la dignidad humana. Es decir, que seguro que escucharemos en sus alocuciones en estas jornadas referencias directas o indirectas a la referida encíclica. Viene, por así decirlo, con los deberes hechos. La encíclica que está aterrizando aún en librerías y centros pastorales, será fuente de debate y diálogo en todo lo que resta de 2026. A buen seguro, la presencia del pontífice en nuestro país, impulsará la curiosidad (especialmente de las generaciones más jóvenes) por acercarse al texto.
Es un viaje oportuno. Y ojalá no sea el último. Juan Pablo II, el primer papa en visitar España, hizo su primera gira justo después de la victoria socialista de Felipe González en octubre de 1982, cuando obtuvo la gran mayoría absoluta de los 202 escaños. Entonces la sociedad se declaraba todavía más católica, practicante o no, en sus umbrales sociológicos. Hoy la realidad dista y ha cambiado, mas las esencias cristianas en nuestras tradiciones y el peso cultural y religioso de la Iglesia católica en España no solo es indudable sino asimismo más que importante.
León XIV, singularmente en lo que respecta a Canarias, hace el viaje que hubiese querido hacer Francisco. En cuestión de días podrá conocer de primera mano el drama migratorio al alimón de la globalización y la presencia de África con su enorme desigualdad y disputa eterna neocolonial por extraer sus recursos naturales.
Estos temas deberán seguir estando luego en el espacio público para ser abordados machaconamente hasta integrar su radical importancia. De nada valdrá que los poderes se vuelquen, y con razón, en atender a León XIV si en el transitar cotidiano obvian su mensaje. Un discurso preferente por los pobres, por los diversos tipos de pobreza que asoman, más otras variables que el pontífice apuntalará desde la tribuna esta semana próxima. Es, por tanto, un motivo de alegría su presencia pero igualmente debe suponer una llamada a estar atentos a lo que diga. Remover conciencias es tarea de todos; máxime, al amparo de su visita.










