Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Sectarismo en la ínsula

Sectarismo en la ínsula

Cuba se dispone a atravesar un viacrucis. Mejor dicho, su pueblo. Un pueblo castigado, sin duda, por el bloqueo yanqui, mas igualmente (y máximo a estas alturas) por una dirigencia que vela solo por sus propios intereses, encastillada en unos escuálidos privilegios, sin mirar hacia la miseria que carcome a la isla. El sectarismo en la ínsula es el resultado de cuando la ideología se superpone, siempre, cueste lo que cueste, contra el principio de realidad. Y entonces comienza la insensatez.

Es la misma insensatez que tuvo el ‘chavismo’, degradado con la incompetencia de Nicolás Maduro, retratado en Estados Unidos (eso sí, secuestrado, corrompiendo el Derecho Internacional) como un esbirro de sus pequeñeces humanas. No hay revolución social que valga cuando medio país o más está en el exilio. Eso es sectarismo. Sectarismo en la ínsula (Cuba) o sectarismo venezolano.

Estados Unidos tiene responsabilidad sobre Cuba. Culminada la Guerra Fría, siguió apretando las tuercas a La Habana. Solo lo relajó, algo, y con el tiempo, la Administración Obama. Pero el ‘trumpismo’ tiene sed de venganza, espoleada desde Miami.

Con la caída del Muro de Berlín, en la década de los años noventa concurrió en Cuba el llamado periodo especial. Una quimera para aludir a la miseria de la miseria; invocando la ideología marxista-leninista como hipotético escudo frente a la plaga de desgracias que sacudió a la isla tras la retirada soviética. Ahora los gobernantes del ‘castrismo’ aluden a la creatividad del pueblo cuando para ingeniárselas entre apagones de horas y horas y la escasez de comida. Una locura producto del sectarismo en la ínsula.

El sectarismo en la ínsula proseguirá porque es la válvula de escape de la nomenclatura del ‘castrismo’. Cuando las revoluciones decaen, van a menos, se hacen menos manifiestas sus ideas justicieras, queda tan solo la hipocresía y la desconexión con la realidad. Y en estas llega Donald Trump para cercenar a La Habana, con su imperialismo, y que siga sufriendo el pueblo cubano. Sin petróleo venezolano, la situación será prácticamente imposible de sostener.

No obstante, siempre es el pueblo el que salda las consecuencias de la irresponsabilidad y de no aceptar el final. Es igual que la barbarie silenciosa sea rubricada por los yanquis, que lo es, o por la dirigencia cubana instalada aún en el mundo de ayer. Entre unos y otros, impera la ausencia de alimentos, medicamentos y de unos servicios públicos dignos. Un dislate.