Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

El convenio colectivo

El convenio colectivo

Prefiero el convenio colectivo que la revolución. El convenio colectivo te garantiza que es fruto del pacto y, por tanto, que obliga a la otra parte (a la patronal) a su cumplimiento. Para más inri, previamente a eso, la plasmación del convenio colectivo implica el reconocimiento mutuo como interlocutores, lo que conlleva (por ende) la legitimidad del otro. Se llama diálogo social. Por consiguiente, uno de los aspectos positivos es que la naturaleza y los efectos desplegados por el convenio colectivo es que favorece y consolida la democracia. Difícilmente, por no decir imposible, puede haber en dictadura (en ausencia de democracia) un convenio colectivo (de verdad) pues no sería posible negociarlo y firmarlo o, si acaso, sería un artificio.

Se puede ser de izquierdas, derechas, nacionalista, carlista o del más allá, pero (ante todo) hay que ser serios. Incluso, para hacer la revolución hay que ser serios. La revolución es una cosa muy seria, no se puede dejar en manos de chafalmejas. Sin embargo, ocurre que el peso de las ideologías de antaño se está difuminando a favor de la banalización, la mentira y el cortoplacismo que surfea en las redes sociales. Hemos perdido solidez, sustancia política.

Los populismos encarnan el alzamiento de fórmulas sencillas para encarar problemas complejos. Va de suyo que es una incongruencia. Las problemática de calado o, pongamos por caso, las crisis sistémicas no se resuelven con populismo y más dosis de populismo. Por el contrario, los populismos (del color político que sea, no digamos ya si concurren varios) los agrava.

En la cultura sindical está impregnada la presión como mecanismo y no como un fin. Un sindicalista y su central sindical presionan porque, a fin de cuentas, lo instrumentalizan para lograr un objetivo, un avance, una consolidación de un derecho. Dicho en plata, en última instancia, alharacas y liturgia huelguística al margen, el sindicalista busca la negociación. Entre otras razones, porque si te sientas con el otro, ya es un primer paso y, al fin, ganas posiciones. Y una cosa lleva a la otra. Se obtiene un derecho para luego obtener otro. Paso a paso.

El sindicalismo es responsabilidad. Nadie hace sindicalismo en la oficina, la Administración o la fábrica para que después un compañero padezca represalias o sea despedido. El sindicalismo, como la política, es un asunto serio. El sindicalismo es democracia.

Cuando murió Simón Sánchez Montero (1915-2006), mi profesor de Derecho del Trabajo en la Universidad Autónoma de Madrid, no acudió a clase. Le sustituyó una compañera del departamento que al entrar en el aula nos comunicó los pormenores. El padre del profesor había sido compañero de Sánchez Montero (sindicalista, dirigente del PCE). Él, siendo niño, mamó en casa las reuniones, detenciones e idas y venidas a la comisaría para recibir una paliza o, en el mejor de los casos, un interrogatorio cuando el franquismo agonizaba. Gente seria. Lucharon por la democracia. A los pocos días, el profesor volvió a clase, nos relató su memoria emocional en aquella España y siguió explicando la importancia del convenio colectivo.