Decía Miguel Delibes en uno de sus libros, que un agente de policía a altas horas de la madrugada es el mismísimo ministro del Interior (o de la Gobernación, como se diría antes). La realidad supera al Derecho. El Derecho, la norma en sí, tiene su horario de aplicación efectiva. Esto es, una norma dispone de mayor rango de cumplimiento un lunes a las 10 de la mañana que un miércoles a las 5 de la madrugada.
Por tanto, no solo cambiamos nosotros. La norma, la regla jurídica, también lo hace. O lo hace porque nosotros previamente no somos los mismos. La realidad social muta ‘per se’, con frecuencia (incluso) sin que nos demos cuenta; hasta que el día menos pensado, miramos a nuestro alrededor y nos percatamos de la transformación o, lo que es peor, vislumbramos que no encajamos ante el resto. No solo la norma tiene una fecha de caducidad fruto del principio de realidad, a nosotros nos ocurre otro tanto. Nadie es imprescindible.
Es la madrugada, por tanto, oníricamente, a modo de símbolo, la que por cada jornada marca el antes y el después. La luz otorga rigidez a la norma. La noche permite lo extraño o relaja la conducta. Y el amanecer, decían los antiguos, anunciaba la revolución.
El amor es también parte de la revolución. Nos revoluciona. Hay quien se acuesta una noche con alguien y al amanecer se pregunta qué hace ahí, en esa cama, con esa otra persona. Ahí sucede que la persona, y la norma, ya no son los mismos. Y se descolocan. Hicieron de anochecida lo que nunca creyeron durante la madrugada… y menos en el día.
Y el resplandor sitúa las cosas en su sitio. Por eso a los notarios se acude en horario de oficina. La burocracia y la solemnidad requieren de esa luz del día. En la madrugada no hay formalismo que resista todas las horas, más temprano que tarde decae sin más.
Lo que nunca sabremos es si moriremos de día, de noche o ya en la madrugada. La muerte nos iguala a todos. Por eso también la muerte supera a la norma. No hay regla jurídica que frene a la muerte. En la muerte nos encontramos todos. Y entonces la persona, como el Derecho, entra en su insignificancia. Una insignificancia que es, al tiempo, la grandeza de la muerte. Y justo esto no hay madrugada (ni pasión) que lo disipe.










