Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Ay, Carmela

Ay, Carmela

Los pensionistas no son una clase social. Tampoco lo son los estudiantes. Los universitarios montaron Mayo del 68 y cuando quisieron ir en serio, se fueron a las puertas de las fábricas a invitar a que se sumaran los trabajadores a la marcha. Sin obreros, nunca hay revolución. De nada vale tener los patios de las facultades con carteles, lecturas marxistas y sonando el ‘Ay, Carmela’ si luego no hay obreros que se añadan a la causa. En el 68, los estudiantes se encontraron con que los obreros tenían (y querían) el mes de vacaciones, las pagas extraordinarias y comprar la nevera a plazos. Y estos, ¡sindicalizados!, aprovecharon la jarana estudiantil para obtener más derechos.

Luego, se acabó el recreo. Unos volvieron a las facultades, otros a sus puestos de trabajo; eso sí, mejor pertrechados en derechos. Estos siempre se conquistan, nunca son un regalo.

En París sonó el ‘Ay, Carmela’ porque era un recuerdo de la Guerra Civil española, la misma en la que participaron los brigadistas internacionales para defender la República y la democracia. Y vinieron socialistas y comunistas galos a frenar al fascismo; primero, en Madrid, después, en el Ebro… donde fuese. Pero ese ‘Ay, Carmela’, que Bernardo Bertolucci rescata en su película ‘Soñadores’ (2003), nacía de la consistencia de la izquierda: una pugna instrumental (con objetivos) y nunca como un muro rendido al sectarismo.

La justicia social, en algún instante, hay que materializarla. Y esa justicia social puede ser (y es) esa nevera comprada a plazos por la clase trabajadora antes y después del Mayo francés. Claro que no vale la sociedad de consumo como anestesia y opio que oprima al pueblo, mas tampoco sirve que los principios se tornen en instrumento del desencuentro, el rechazo al que no piensa igual y la revolución anhelada como trinchera sin tino ni cordura.

El bipartidismo tiene un colchón de votantes considerable entre los pensionistas. Un resorte de estabilidad sistémica porque no son clase social, porque albergaron y disfrutan un colofón de bienestar y derechos inimaginables en la posguerra y durante el franquismo. Quieren estabilidad, orden. Siempre se puede ir a mejor, faltaría más. Aunque también hay que saber lo que se tiene, valorarlo. Y lo más importante: qué respondan claramente cómo tienen pensado cubrir el vacío aquellos que propugnan desmontar (a las buenas o a las malas) el sistema establecido, la legalidad imperante. Para ser revolucionario, incluso, hay que ser serio.