Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Antes y después de Sánchez

Antes y después de Sánchez

La crisis constitucional no se inicia el 1 de junio de 2018, fecha en la que es investido Pedro Sánchez como presidente del Gobierno fruto de la moción de censura presentada contra Mariano Rajoy. Y que ganó, por cierto, de manera especial, gracias a Podemos. Se trata, de hecho, de la única moción de censura que ha triunfado en términos estrictamente parlamentarios, de aritmética pura y dura. Antes y después de Sánchez, la crisis constitucional persistirá pues el sistema del 78 está pensado para un bipartidismo dinástico (PSOE y PP) que se alternen periódicamente y de forma pacífica en el poder. Y esto es lo que ya está en entredicho en lontananza.

Si el PSOE deja de ser lo que fue, esa crisis de vacío (en mayor o menor medida) atezará al PP. El PSOE y el PP representan lo que representan solo si el otro concurre; son las dos caras de la misma moneda. Antes y después de Sánchez, el bipartidismo dejó de ser lo que fue. La quiebra del bipartidismo comienza en 2015; con Mariano Rajoy en La Moncloa. En las elecciones generales de ese curso irrumpen con fuerza tanto Podemos como Ciudadanos. Al tiempo, como no hay manera de articular una mayoría parlamentaria (ni Sánchez quiere todavía pues no desea saber, en serio, nada de Podemos) hay que repetir los comicios en 2016.

Efectivamente, Sánchez es camaleónico y, precisamente, esos virajes que perpetra en función de las circunstancias no dejan de ser una manifestación sintomática y recurrente de la crisis constitucional que atraviesa España antes y después de Sánchez. Este hace y deshace porque no tiene a su disposición los resortes predecibles de los anteriores líderes de la oposición y, luego, presidentes del Gobierno.

Antes y después de Sánchez, al PSOE y al PP siempre les interesó, desde luego, vencer al otro en las urnas. Va de suyo. Pero nunca que su interlocutor desapareciera pues, a fin de cuentas, ambos mantienen en pie el sistema del 78 ungido en la Transición. Y esto, por último, lo ha descubierto Vox. Y, para más inri, Vox no quiere revivir el auge y declive que padeció Podemos. A su manera, Santiago Abascal no quiere pagar la misma factura que Pablo Iglesias. Vox es antisistema y, por ende, actúa así.

Como esto (la virtuosa retroalimentación del bipartidismo) está siendo cuestionado, insisto, incluso antes de Sánchez, la mera fuerza de la ultraderecha en las encuestas ata de pie y manos al PP. Si no hay consensos sistémicos, el sistema no se sostendrá y perderán todos (menos los extremos ideológicos, claro está, que anhelan el caos para que haya cambio, por revolucionario o involucionista se antoje).

Este riesgo es real. Es más, los cambios de sistemas políticos no necesariamente van de la mano de un proceso razonablemente ordenado; la Transición fue una excepción, no la regla, vista la Historia Constitucional de España de los siglos XIX y XX. Todo esto subyace antes y después de Sánchez, y el problema radica en que la calidad de nuestros representantes públicos no tiene el fuste holgado para interpretar los acontecimientos. Están jugando con fuego.

La crisis constitucional nace (se desata) tras la Gran Recesión de 2008 y se manifiesta, por un lado, en el revés financiero, ‘austericidio’ y desmantelamiento del Estado del Bienestar (que dio lugar la 15M) y, por el otro, en el ‘procés’ tras romper la burguesía catalana con Madrid al calor del trance de la financiación autonómica (el famoso cupo catalán que exigió Artur Mas y que Rajoy rechazó). Estos son los mimbres que conforman la antesala de la situación política (tan incierta) que vivimos en 2025.